En el mundo empresarial, la ética suele ocupar un lugar relegado a los manuales, las declaraciones institucionales o las charlas motivacionales de los lunes. Sin embargo, es en la operativa diaria donde realmente se pone a prueba. Y a veces, esa prueba se presenta disfrazada de una simple factura, un cobro inesperado o una respuesta insípida desde un centro de atención al cliente.
Recientemente, me encontré en una situación típica pero no por eso menos relevante. Un proveedor con el que mantuve una relación comercial durante años, decidió de manera unilateral facturar un servicio sin aviso previo y con condiciones poco claras. Lo que sorprende no es tanto el monto, sino el modo. Sin espacio para el diálogo ni reconocimiento al historial como cliente, la decisión fue mecánica, casi automatizada. En paralelo, una voz humana (literalmente) me hablaba de empatía y comprensión. La incoherencia entre el discurso y la acción no pasó desapercibida.
Esta experiencia, lejos de indignarme, me llevó a una profunda reflexión. En el coaching hablamos de «alineación» entre lo que decimos, hacemos y sentimos. Esa coherencia es la base de la confianza, y en el mundo empresarial, la confianza es más valiosa que el dinero.
Cuando una empresa crece, también crece su responsabilidad. No basta con tener una estructura eficiente o un equipo comercial que resuelva con celeridad. La verdadera diferenciación está en el trato justo, la escucha activa y el compromiso ético con el otro: el cliente, el proveedor, el colaborador.
Por otro lado, como clientes o usuarios, también tenemos un rol que cumplir. La queja rápida, la exigencia desmedida o la expectativa sin comunicación, también pueden erosionar la relación. La ética es un puente de doble vía.
Reflexión Final:
En un mundo que corre rápido y automatiza procesos, detenernos a pensar en el otro y en las consecuencias de nuestras acciones es un acto revolucionario. Tanto vendedores como compradores, empresarios o usuarios, tenemos la posibilidad (y la responsabilidad) de elegir un camino más humano, más consciente y más ético.
Te invito a hacerte estas preguntas:
- ¿Está alineado lo que ofrezco con lo que realmente entrego?
- ¿Escucho activamente a mis clientes o los paso por un filtro automático?
- ¿Estoy dispuesto a revisar decisiones si se presentan argumentos válidos?
- ¿Valoro a mis proveedores/clientes por su trayecto o solo por su ticket promedio?
- ¿Cómo me sentiría si estuviera del otro lado?
Porque al final del día, los negocios pueden ser automáticos. Pero la humanidad, no.
Mauricio Serrato – Coach Profesional & Emprendedor