Archivo anual 11 junio, 2026

Historias que nos construyen

Todos somos un poco filósofos. No importa cuál sea tu «palo»; tal vez tu camino esté en las ciencias con algún doctorado o sirviendo copas en un bar, pero puedo asegurarte que, si te atreves a entrever entre las líneas de tu propia vida, encontrarás alguna de esas historias que hacen un contraste brutal con lo cotidiano.

En una actualidad que tiende a desconectarnos por el exceso de información y el ruido del mundo digital, vivimos pegados a pantallas con luces que nos distorsionan la percepción, rodeados por sonidos de notificaciones y parlantes electrónicos. La vorágine del entorno pareciera tener la clara intención de alejarnos de esa parte tan rica y constructiva de nuestra existencia, a la cual solo se puede acceder desde la conciencia y la integración del ser en todas sus aristas.

Hoy reflexionaba sobre cómo la percepción cambia radicalmente dependiendo del nivel de conciencia en el que estemos parados. Como hombre de campo que fui en mi juventud, me vi rodeado de personas que me mostraron el valor del trabajo rural. Ellos me enseñaron a amar la labor realizada con las manos, a trabajar la tierra, a saber disfrutar el fruto y a conocer a los animales con todas sus mañas.

Entre todos ellos, hoy recordé con mucho afecto a Don Saturnino López, un viejo amigo de la familia; muy viejo, pero sabio en las cosas del campo. Él era gran amigo de mi abuelo Don Victoriano y también de otro paisano de la época, Don José Tuñón, a quien todos llamábamos «El Gallego». Entre esas charlas me crié: entre sus narrativas, la tierra, las vacas y las vides.

Hoy rescaté una historia de la juventud de Saturnino. En sus años mozos, él y su familia vivían bien campo adentro. Y aunque la anécdota no me fue narrada por él en persona, en la familia siempre se contó que una vez, mientras sus hermanas estaban deschalando en el patio, apareció por el camino de tierra una de las primeras cachilas que andaban por aquellos pagos —una Ford T de esas que ahora vemos únicamente en los desfiles como reliquias—.

Parece que las hermanas de Saturnino se dieron tal susto al ver ese artilugio ruidoso que se movía por sí solo, sin un caballo o un buey que lo remolcara, que salieron corriendo a esconderse aterrorizadas. Vaya a saber uno qué pensaron en ese momento: si era algo mágico o directamente demoníaco.

Esta reflexión me venía a la cabeza mientras elaboraba una idea sobre el conocimiento inherente que cada uno de nosotros posee, pero que muchas veces desconoce. Contrastaba esta vivencia con el mismo concepto de «lo mágico» que debieron experimentar los habitantes de las tribus nativas la primera vez que vieron aparecer las carabelas en el horizonte.

La conclusión a la que llegué fue casi una epifanía —seguro no mía, porque miles de seres humanos ya la habrán tenido antes—, pero es que los seres humanos tendemos a poner en el casillero de lo «mágico» a todo aquello que nos resulta desconocido. Sin embargo, a mí no me terminaba de cerrar esa definición. Mi reflexión iba más por el lado de la certeza interior: esa convicción firme y constante de que vivimos en un universo de infinitas posibilidades aún inexploradas.

Mi aproximación a la Cábala y a las leyes de la Sintergia me ha aclarado un poco más el panorama, brindándome un marco de referencia brutal: solo podemos procesar la luz de acuerdo a la capacidad de la vasija que hayamos construido. Comprender esto es fundamental, ya que significa que podés tener en tus manos el libro del conocimiento absoluto, pero solo lo podrás leer si estás realmente listo para hacerlo.

Por lo tanto, muchos acontecimientos de nuestro día a día rayan en lo mágico, no porque lo sean, sino porque no estamos listos todavía para darles una explicación filosófica, científica o técnica. Con esto no pretendo ser un racionalista extremo; al contrario, interpreto el conocimiento de lo oculto como una luz que trae la sabiduría exacta que necesitamos para despertar.

Hay conocimiento que se vela a sí mismo por la propia naturaleza de su potencial, ya que no encuentra un contenedor disponible que sea capaz de soportarlo. En muchas capas, la humanidad es todavía joven e inocente; somos como un niño jugando con fósforos adentro de un galpón lleno de fardos de alfalfa.

La filosofía de conocernos a nosotros mismos, de entender nuestras bases y extraer de allí una enseñanza práctica para fortalecernos en lo cotidiano, es la herramienta que nos vuelve verdaderamente estoicos. Y no digo esto como una distinción que nos separe de los demás o nos haga sentir superiores, sino como un puente que nos acerca a nuestra propia esencia para brindarnos a los demás desde la conciencia, y no desde las diferencias.

El dogma está instalado en todas partes, aunque se disfrace de espiritualidad, de ciencia, de cultura o de ideología. El pensamiento en bloque estanca al ser humano y le impide crecer; le quita la capacidad individual de construirse dentro de una sociedad y de brindarse a los demás de forma auténtica y natural. Esto se observa mucho en la política y en la cultura de masas: una persona dentro de un grupo puede —y debe— pensar diferente, pero por mandato de su comunidad termina adoptando un pensamiento homogéneo y estructurado, violentando con ello su propia ética y su capacidad de discernimiento.

Pareciera que el pensamiento del individuo tiene que ser necesariamente colectivo. Pero si esto fuera así para todos, ¿dónde quedaría el sentido de la filosofía y de los pensadores? La belleza de la existencia está en la diversidad y en las diferencias. Imagínate que al gobernante de turno se le ocurriera dictaminar que solo se pueden plantar dalias, que en todo el país solo se puede comer maíz, o que solo pueden viajar aquellos ciudadanos que tengan dos hijas mujeres. Estas ideas que suenan distópicas no distan tanto de la realidad de algunas sociedades actuales, donde, bajo el ala del dogma institucionalizado, ocurren este tipo de barbaridades encubiertas de cultura o costumbres.

Vuelvo al centro de la reflexión: aquello que nos parece mágico o que nos asombra lejos está de ser un milagro fuera de las leyes. Los avances, tanto desde la ciencia como desde la espiritualidad, deben llevar necesariamente al ser humano a ser libre del dogma y de la imposición. De lo contrario, un grupo muy reducido de personas poseedoras de ese conocimiento será quien gobierne y manipule a la masa adormecida.

¿Por qué las preguntas nos construyen? Porque una pregunta es generativa: genera espacios nuevos en el cerebro y nos ayuda a abordar nuestro pensamiento desde diferentes escalas. ¿Te imaginás si alguien hubiese preparado a las hermanas de Saturnino antes de que vieran aparecer la cachila con preguntas como: «¿Crees que exista la posibilidad de un carro que funcione solo, sin ningún animal que lo tire?» o «¿Qué sentirías al verlo?»? El impacto hubiera sido totalmente diferente.

Por eso, ahora te propongo a ti que mires los puntos ciegos de tu propia vida —en tu trabajo, en tus finanzas, en tus relaciones— y diseñes tus propias preguntas generativas.

¿Dónde hay un dogma estéril gobernando tu forma de pensar?

Mauricio Serrato

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La Herencia de las Mujeres de Hierro: Lecciones de Resiliencia en el Barro.

Junto a mi Tía Lucia una de mis grandes Mentoras

Tira de la piola, que todavía hay alcohol para las patas

Hitos de la vida que te marcan a fuego.

Quería compartirles este recuerdo que me vino hoy a la memoria, sobre todo para los que estamos en el «maracueto» de la vida, definiendo el partido por penales.

En mi vida rural la escuela más importante fue con tres grandes Maestras, mi madre Nelida, mi abuena “la Negra”, y la tía Lucía (La «portadora de la luz», así la defino en esos días), una mujer de un metro cincuenta que, a mí, con mi metro ochenta y cuatro, me seguía diciendo «chiquito». Una guerrera de las que ya hay pocas.

En una ocasión, con la abuela internada y mamá acompañándola, tendría yo unos 14 años y algo, nos quedamos solos la tía y yo en el campo a cargo de la casa y los animales, la tropa era una vaca y un ternero. Se nos cayó la Bambita (nuestra vaca) a la cañada, fue una fría noche de invierno. Pasó toda la noche ahí, encallada en el barro, con el frío calándole los huesos y desgastada por el poco pasto que había en el campo y el ternero dándole teta hasta dejarla seca. Cualquiera que se asomara a la orilla hubiera dicho: «Ya está, esta no se levanta más».

Pero la tía Lucía no sabía de imposibles, vamos me dijo y arrancamos para la cañada a paso firme entre las chircas.

Se metió al barro conmigo. Me acuerdo de verla, con sus manos viejas pero firmes, dándole masajes con alcohol en las patas a la Bambita para que entrara en calor, para recordarle a la sangre que tenía que circular. Después nos repartimos el peso: ella se agarró de la cola y yo de una piola que le atamos, y empezamos a tirar.

Éramos una vieja y un pibe contra los cientos de kilos de un animal entregado. Tiramos con el alma, tiramos con la rabia de los que no aceptan un «no» por respuesta. Y la Bambita, sintiendo el calor del alcohol y el tirón de la familia, hizo fuerza y salió de la cañada. Esa tarde, la vaca que todos los vecinos daban por muerta y que sin un tractor no la íbamos a poder sacar, volvió a caminar.

¿Por qué recuerdo esto hoy?

Porque a veces la vida se pone como esa cañada: fría, oscura y con la sensación de que las patas no nos sostienen. Pero he aprendido que mientras haya alguien que nos frote alcohol (que acompañe y crea en nosotros) para activarnos la fe y alguien que tire de la piola con voluntad y con fuerza, el partido no terminó.

Mi experiencia de vida siempre me forjo por el lugar del aprendizaje difícil, pero tengo la suerte de saber que algunos han estado y están frotando el alcohol simbólicamente con el rezo y el pensamiento, y otros continúan agarrados de la piola haciendo fuerza para que al igual que Bambita, la potencia de la vida nos lleve hacia adelante.

Esas «viejas queridas» sabias y camperas de la vida, me han enseñado que rendirse no debería estar en las opciones del menú jamás para nadie.

En mi familia aprendimos de esas mujeres de hierro que la nobleza está en luchar hasta el final.

Esta es el tipo de clase Magistral que la vida te regala de forma inesperada un día a la orilla del arroyo .

También se con total certeza que en todos los clanes hay mujeres y hombres de ese calibre, así que querido lector  si podés verlo como yo, te invito a tomar la fuerza y luz que te impulsa desde el clan.

Y te digo …tranquilo, que en allí hay manos de sobra y la piola no se corta.

 

Mauricio Serrato

Montevideo 14 04 2026

El poder creador de la palabra

¿Qué tal si hoy descubres que tienes un poder enorme… y lo estás usando en tu contra?

Mi camino me ha llevado a transitar por diferentes sendas, casas espirituales y escuelas del pensamiento. No puedo definirme como un buscador, porque tengo la profunda certeza de que no hay nada que buscar: todo ya está a nuestro alcance. Solo debemos aprender a percibirlo, expandir nuestra visión y desarrollar más conciencia.

Amo esos conmovedores videos donde un niño que recibe un implante auditivo escucha la voz de su mamá por primera vez. Me atrevo a usar esa escena como una metáfora de nosotros mismos: el ser humano, infinito y lleno de dones, pero muchas veces ciego y sordo a su propia naturaleza.

Desde temprana edad he sido un observador del mundo y un participante activo en la creación de mi propia vida. En grandes tramos lo hice de manera consciente, y en otros tantos desde cierta oscuridad o penumbra. Lo cual no significa que desde allí no se esté creando algo; aun en la inconsciencia seguimos participando en el acto de crear.

Fue recién cuando me vine a residir en Montevideo, Uruguay, a la edad de 27 años, que comencé a trabajar con más ahínco sobre el poder creador innato a nuestra naturaleza humana.

En ese entonces conocí a mi gran amigo y hermano de camino, Fabián Core, con quien transformamos nuestras conversaciones en un verdadero laboratorio de trabajo interior y superación personal.

Nos cuestionamos profundamente cómo habíamos llegado a determinadas circunstancias de éxito o de fracaso, y qué factores intrínsecos a nuestro poder creador habían desatado o generado esas situaciones. Tanto fue así que nos embarcamos en carreras de formación personal en Coaching, PNL y otras disciplinas que abordan la comunicación y el impacto del lenguaje en la vida humana.

Yo continué investigando otras áreas, como la bio-decodificación, formándome en esta disciplina y comprendiendo aún más aspectos de nosotros mismos que traen luz a preguntas que antes parecían no tener respuesta.

El poder del lenguaje es lo que abordaré hoy desde una hermosa reflexión que surge de una inquietud nacida en la escuela de la Cábala, de la cual soy apenas un neófito apasionado.

Seguramente habrás escuchado o dicho cuando eras niño la palabra que muchos magos o actores del misterio repetían:

ABRACADABRA.

Todo inicia aquí para este artículo, con lo que vamos a traducir desde lo más profundo de su etimología.

El origen de este término se remonta a explicaciones que lo vinculan con el arameo, una lengua muy cercana al hebreo antiguo. La frase sería:

אברא כדברא

Transliterada como:

Avra ke-davra

Lo que comúnmente se interpreta como:

“Crearé mientras hablo.”
o
“Yo creo según lo que digo.”

Quiero aclarar que esta interpretación forma parte de mi investigación personal. Como neófito en la Cábala, y con herramientas aún humildes, me valgo de textos y traductores asistidos por inteligencia artificial. Por tanto, esta referencia funciona como un marco para compartir la idea que deseo transmitir.

Si podemos vislumbrar que mientras hablamos creamos, entonces podemos empezar a comprender la profundidad del lenguaje en nuestras vidas.

Los grandes maestros contemporáneos parecen coincidir con esta intuición antigua.

Por ejemplo, Rafael Echeverría, desde la Ontología del Lenguaje, afirma:

“El lenguaje es generativo.
El lenguaje no solo describe la realidad: el lenguaje crea realidad. Cuando hacemos declaraciones, no hablamos acerca del mundo; generamos un nuevo mundo para nosotros.”

Desde otra perspectiva, Timothy Gallwey, creador del método El Juego Interior, señala algo muy interesante sobre el diálogo interno:

“La mayor parte de los jugadores están siempre hablando consigo mismos. El diálogo interno —el Yo 1 hablando al Yo 2— es la interferencia que se interpone entre el potencial de una persona y su desempeño real.”

Tony Robbins, autor y experto en PNL y alto desempeño, lo expresa desde otro ángulo:

“La única diferencia entre las personas que logran lo que quieren y las que no, es la historia que se cuentan a sí mismas. Cambia tu historia, cambia tu vida.”

Desde una mirada profundamente humana, Humberto Maturana, con su Biología del Conocimiento, nos invita a comprender algo aún más radical:

“Todo vivir humano ocurre en el lenguaje. No somos seres humanos que usan el lenguaje; somos seres humanos constituidos por el lenguaje.”

Y cierro este pequeño grimorio de conceptos con otro gigante del coaching, Julio Olalla, quien resume esta idea con una frase tan simple como poderosa:

“La palabra es el pincel con el que pintamos el lienzo de nuestra existencia.”

Desde que por primera vez nos percibimos como seres que interactúan con otros, el acto de crear nuestra realidad ha sido un cuestionamiento filosófico, espiritual y profundamente humano.

En mis observaciones dentro del campo terapéutico de la PNL, así como en el trabajo conversacional del coaching, encuentro esos matices que hacen de la palabra —o incluso de su ausencia— una herramienta de transformación casi alquímica que nos diferencia del resto de las especies.

Las reflexiones que quiero compartir contigo, querido lector, estarán planteadas en forma de preguntas. Con suerte, te generarán aún más preguntas.

Si Avra ke Davra, ya en tiempos muy antiguos, era una observación de que con nuestra palabra incidimos sobre un campo latente —invisible, pero capaz de generar acontecimientos en nuestra vida y en la de otros— entonces vale preguntarnos:

¿Con cuánta liviandad utilizamos nuestras palabras sin estar atentos a que el lenguaje es generativo?

¿Cuántas veces afirmas en tu vida circunstancias pasajeras y las anclas como realidades fijas simplemente porque con tu palabra las decretas como tales?

Si la palanca de Arquímedes que mueve el mundo fuera la palabra,
¿Cómo estás utilizando hoy esa herramienta en tu vida?

¿Crea más gozo, felicidad y expansión para ti y para otros?

¿O la utilizas para la crítica, la destrucción, la intriga y el chisme?

La palabra tiene tanto poder que puede traer la paz o la guerra, la salud o la enfermedad.

El milagro más grande es que desde ese silencio primordial que habita en nuestro ser, desde sus profundidades, surge la palabra como potencia creadora que declara:

“Hágase la luz.”

Entonces vale preguntarnos nuevamente:

¿Haces la luz con tus declaraciones y afirmaciones?

¿Cómo es el diálogo interno que tienes contigo mismo?

Émile Coué nos dejó una afirmación que quedó grabada en piedra para quienes comprendemos el poder de lo que nos decimos a diario:

“Cada día, y en todos los sentidos, estoy mejor y mejor.”


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Y estate atento a nuestro sitio, porque en la segunda parte compartiré:

Ejercicios prácticos para disciplinar la palabra y dominar el arte de crear desde la conciencia.

Depurando nuestro ecosistema emocional

Parte del auto constructo de nuestro ser y de la identidad que nos define está basado en nuestra naturaleza gregaria. Nos nutrimos de nuestros vínculos y relaciones; forman parte de nuestro eslabón evolutivo. Sin embargo, como en todos los aspectos de nuestra construcción social, muchos de esos vínculos están minados de vicios o distorsiones propias de la naturaleza humana.

Los vínculos funcionan con diferentes estímulos internos y externos: emociones, deseos propios o de los otros, dinámicas que pueden generar alegrías o tristezas, avances o retrocesos.

La observación de nuestro entorno y de nuestros vínculos más cercanos es fundamental en el proceso de evolucionar hacia nuestra mejor versión.

Una relación sana con otro individuo es aquella constituida por ciertos valores en común, límites claros, emociones y sentimientos que se reconocen mutuamente. Dos individuos emocionalmente sanos se aportan conocimiento, se estimulan y se apoyan, pero no desde la dependencia. Esto puede darse en relaciones de trabajo, amistad o pareja.

Sin embargo, en la sociedad también se constituyen otros vínculos que, en apariencia, parecen sanos. Pero si los observamos en profundidad, presentan ciertas connotaciones psicopáticas o están enquistados en necesidades y dependencias.

Para abordar esta idea, haré una breve lista para que identifiques en ti o en tu círculo más próximo algunos de estos roles que asumimos o que otros nos asignan.

El eterno dador

Lo das todo de ti a otros: tu tiempo, tu energía, tu oído para escuchar problemas. Te llaman porque el timbre no funciona, porque se cortó internet, porque necesitan que lleves o traigas algo.

Generalmente ocurre en contextos con personas que aprecias o en círculos donde ciertas creencias te hacen sentir culpable si no actúas de esa forma.

Pero cuando tú expresas un problema o una necesidad, siempre es minimizado. No tiene importancia, porque lo de otros siempre parece ser más grande o más urgente.

El síndrome de alcancía

En varias etapas de nuestra vida también nos toca ocupar el rol de “cerdito de monedas” de otros. Siempre aparecerán personas en apuros pidiendo ayuda.

A veces es económica, otras veces es para resolver esto o aquello. Cuando ocurre en un círculo cercano es fácil acceder.

Lo difícil es salir de ese rol.

Es importante identificarlo, porque muchas veces terminas prestando dinero a desconocidos o entregando tu energía a personas dispuestas únicamente a drenarte hasta la última gota.

El psicólogo 24/7

No importa la hora. Si son las tres de la mañana, te llaman para llorarte durante una hora sus problemas como si fueran lo más grave del mundo.

Pero no lo son.

Tal vez solo se les quemó la heladera o se pelearon con la pareja.

Sin embargo, si un día eres tú quien necesita hablar, o estás pasando un mal momento, curiosamente siempre están ocupados o no tienen tiempo.

El complejo del héroe

Conocernos es importante, porque de lo contrario podemos terminar creyéndonos el personaje de capa y superpoderes que va por la vida arreglando los problemas de los demás mientras su propia vida es un caos.

Parte del proceso de expandir la conciencia es aprender —como dicen los mexicanos— a mandar a la chingada a quienes solo vienen dispuestos a tomar, pero nunca a contribuir.

Habrás escuchado mil veces la frase: “si necesitas algo, a la orden”. Muy uruguaya esa afirmación.

Pero cuando la ayuda es realmente solicitada, aparecen excusas dignas de antología: el cumpleaños del perro salchicha, una salida a montar en burro por los cerros, o cualquier otra distracción conveniente.

Mientras tanto, tú, con cara de oveja apaleada, dices: “entiendo, que lo disfrutes”.

Un apreciado amigo siempre decía:
“Para comer un asado está cualquiera”.

Y es una gran verdad.

Cuando la fiesta está servida, todos te abrazan y te lisonjean. Pero cuando “las papas queman”, pocos serán un puntal que realmente te sostenga.

Aprender a soltar vínculos no es solo madurar; es también depurar tu ecosistema emocional.

La forma más sana de construir relaciones es respetarte a ti mismo, priorizar tus necesidades y compartir tu tiempo y energía con quienes realmente lo merecen.

Muchas veces la maestría consiste en resistir ciertas situaciones.

Pero otras veces, la verdadera evolución aparece cuando aprendemos a cortar aquello que nos drena.