Archivo anual 15 abril, 2026

La Herencia de las Mujeres de Hierro: Lecciones de Resiliencia en el Barro.

Junto a mi Tía Lucia una de mis grandes Mentoras

Tira de la piola, que todavía hay alcohol para las patas

Hitos de la vida que te marcan a fuego.

Quería compartirles este recuerdo que me vino hoy a la memoria, sobre todo para los que estamos en el «maracueto» de la vida, definiendo el partido por penales.

En mi vida rural la escuela más importante fue con tres grandes Maestras, mi madre Nelida, mi abuena “la Negra”, y la tía Lucía (La «portadora de la luz», así la defino en esos días), una mujer de un metro cincuenta que, a mí, con mi metro ochenta y cuatro, me seguía diciendo «chiquito». Una guerrera de las que ya hay pocas.

En una ocasión, con la abuela internada y mamá acompañándola, tendría yo unos 14 años y algo, nos quedamos solos la tía y yo en el campo a cargo de la casa y los animales, la tropa era una vaca y un ternero. Se nos cayó la Bambita (nuestra vaca) a la cañada, fue una fría noche de invierno. Pasó toda la noche ahí, encallada en el barro, con el frío calándole los huesos y desgastada por el poco pasto que había en el campo y el ternero dándole teta hasta dejarla seca. Cualquiera que se asomara a la orilla hubiera dicho: «Ya está, esta no se levanta más».

Pero la tía Lucía no sabía de imposibles, vamos me dijo y arrancamos para la cañada a paso firme entre las chircas.

Se metió al barro conmigo. Me acuerdo de verla, con sus manos viejas pero firmes, dándole masajes con alcohol en las patas a la Bambita para que entrara en calor, para recordarle a la sangre que tenía que circular. Después nos repartimos el peso: ella se agarró de la cola y yo de una piola que le atamos, y empezamos a tirar.

Éramos una vieja y un pibe contra los cientos de kilos de un animal entregado. Tiramos con el alma, tiramos con la rabia de los que no aceptan un «no» por respuesta. Y la Bambita, sintiendo el calor del alcohol y el tirón de la familia, hizo fuerza y salió de la cañada. Esa tarde, la vaca que todos los vecinos daban por muerta y que sin un tractor no la íbamos a poder sacar, volvió a caminar.

¿Por qué recuerdo esto hoy?

Porque a veces la vida se pone como esa cañada: fría, oscura y con la sensación de que las patas no nos sostienen. Pero he aprendido que mientras haya alguien que nos frote alcohol (que acompañe y crea en nosotros) para activarnos la fe y alguien que tire de la piola con voluntad y con fuerza, el partido no terminó.

Mi experiencia de vida siempre me forjo por el lugar del aprendizaje difícil, pero tengo la suerte de saber que algunos han estado y están frotando el alcohol simbólicamente con el rezo y el pensamiento, y otros continúan agarrados de la piola haciendo fuerza para que al igual que Bambita, la potencia de la vida nos lleve hacia adelante.

Esas «viejas queridas» sabias y camperas de la vida, me han enseñado que rendirse no debería estar en las opciones del menú jamás para nadie.

En mi familia aprendimos de esas mujeres de hierro que la nobleza está en luchar hasta el final.

Esta es el tipo de clase Magistral que la vida te regala de forma inesperada un día a la orilla del arroyo .

También se con total certeza que en todos los clanes hay mujeres y hombres de ese calibre, así que querido lector  si podés verlo como yo, te invito a tomar la fuerza y luz que te impulsa desde el clan.

Y te digo …tranquilo, que en allí hay manos de sobra y la piola no se corta.

 

Mauricio Serrato

Montevideo 14 04 2026

El poder creador de la palabra

¿Qué tal si hoy descubres que tienes un poder enorme… y lo estás usando en tu contra?

Mi camino me ha llevado a transitar por diferentes sendas, casas espirituales y escuelas del pensamiento. No puedo definirme como un buscador, porque tengo la profunda certeza de que no hay nada que buscar: todo ya está a nuestro alcance. Solo debemos aprender a percibirlo, expandir nuestra visión y desarrollar más conciencia.

Amo esos conmovedores videos donde un niño que recibe un implante auditivo escucha la voz de su mamá por primera vez. Me atrevo a usar esa escena como una metáfora de nosotros mismos: el ser humano, infinito y lleno de dones, pero muchas veces ciego y sordo a su propia naturaleza.

Desde temprana edad he sido un observador del mundo y un participante activo en la creación de mi propia vida. En grandes tramos lo hice de manera consciente, y en otros tantos desde cierta oscuridad o penumbra. Lo cual no significa que desde allí no se esté creando algo; aun en la inconsciencia seguimos participando en el acto de crear.

Fue recién cuando me vine a residir en Montevideo, Uruguay, a la edad de 27 años, que comencé a trabajar con más ahínco sobre el poder creador innato a nuestra naturaleza humana.

En ese entonces conocí a mi gran amigo y hermano de camino, Fabián Core, con quien transformamos nuestras conversaciones en un verdadero laboratorio de trabajo interior y superación personal.

Nos cuestionamos profundamente cómo habíamos llegado a determinadas circunstancias de éxito o de fracaso, y qué factores intrínsecos a nuestro poder creador habían desatado o generado esas situaciones. Tanto fue así que nos embarcamos en carreras de formación personal en Coaching, PNL y otras disciplinas que abordan la comunicación y el impacto del lenguaje en la vida humana.

Yo continué investigando otras áreas, como la bio-decodificación, formándome en esta disciplina y comprendiendo aún más aspectos de nosotros mismos que traen luz a preguntas que antes parecían no tener respuesta.

El poder del lenguaje es lo que abordaré hoy desde una hermosa reflexión que surge de una inquietud nacida en la escuela de la Cábala, de la cual soy apenas un neófito apasionado.

Seguramente habrás escuchado o dicho cuando eras niño la palabra que muchos magos o actores del misterio repetían:

ABRACADABRA.

Todo inicia aquí para este artículo, con lo que vamos a traducir desde lo más profundo de su etimología.

El origen de este término se remonta a explicaciones que lo vinculan con el arameo, una lengua muy cercana al hebreo antiguo. La frase sería:

אברא כדברא

Transliterada como:

Avra ke-davra

Lo que comúnmente se interpreta como:

“Crearé mientras hablo.”
o
“Yo creo según lo que digo.”

Quiero aclarar que esta interpretación forma parte de mi investigación personal. Como neófito en la Cábala, y con herramientas aún humildes, me valgo de textos y traductores asistidos por inteligencia artificial. Por tanto, esta referencia funciona como un marco para compartir la idea que deseo transmitir.

Si podemos vislumbrar que mientras hablamos creamos, entonces podemos empezar a comprender la profundidad del lenguaje en nuestras vidas.

Los grandes maestros contemporáneos parecen coincidir con esta intuición antigua.

Por ejemplo, Rafael Echeverría, desde la Ontología del Lenguaje, afirma:

“El lenguaje es generativo.
El lenguaje no solo describe la realidad: el lenguaje crea realidad. Cuando hacemos declaraciones, no hablamos acerca del mundo; generamos un nuevo mundo para nosotros.”

Desde otra perspectiva, Timothy Gallwey, creador del método El Juego Interior, señala algo muy interesante sobre el diálogo interno:

“La mayor parte de los jugadores están siempre hablando consigo mismos. El diálogo interno —el Yo 1 hablando al Yo 2— es la interferencia que se interpone entre el potencial de una persona y su desempeño real.”

Tony Robbins, autor y experto en PNL y alto desempeño, lo expresa desde otro ángulo:

“La única diferencia entre las personas que logran lo que quieren y las que no, es la historia que se cuentan a sí mismas. Cambia tu historia, cambia tu vida.”

Desde una mirada profundamente humana, Humberto Maturana, con su Biología del Conocimiento, nos invita a comprender algo aún más radical:

“Todo vivir humano ocurre en el lenguaje. No somos seres humanos que usan el lenguaje; somos seres humanos constituidos por el lenguaje.”

Y cierro este pequeño grimorio de conceptos con otro gigante del coaching, Julio Olalla, quien resume esta idea con una frase tan simple como poderosa:

“La palabra es el pincel con el que pintamos el lienzo de nuestra existencia.”

Desde que por primera vez nos percibimos como seres que interactúan con otros, el acto de crear nuestra realidad ha sido un cuestionamiento filosófico, espiritual y profundamente humano.

En mis observaciones dentro del campo terapéutico de la PNL, así como en el trabajo conversacional del coaching, encuentro esos matices que hacen de la palabra —o incluso de su ausencia— una herramienta de transformación casi alquímica que nos diferencia del resto de las especies.

Las reflexiones que quiero compartir contigo, querido lector, estarán planteadas en forma de preguntas. Con suerte, te generarán aún más preguntas.

Si Avra ke Davra, ya en tiempos muy antiguos, era una observación de que con nuestra palabra incidimos sobre un campo latente —invisible, pero capaz de generar acontecimientos en nuestra vida y en la de otros— entonces vale preguntarnos:

¿Con cuánta liviandad utilizamos nuestras palabras sin estar atentos a que el lenguaje es generativo?

¿Cuántas veces afirmas en tu vida circunstancias pasajeras y las anclas como realidades fijas simplemente porque con tu palabra las decretas como tales?

Si la palanca de Arquímedes que mueve el mundo fuera la palabra,
¿Cómo estás utilizando hoy esa herramienta en tu vida?

¿Crea más gozo, felicidad y expansión para ti y para otros?

¿O la utilizas para la crítica, la destrucción, la intriga y el chisme?

La palabra tiene tanto poder que puede traer la paz o la guerra, la salud o la enfermedad.

El milagro más grande es que desde ese silencio primordial que habita en nuestro ser, desde sus profundidades, surge la palabra como potencia creadora que declara:

“Hágase la luz.”

Entonces vale preguntarnos nuevamente:

¿Haces la luz con tus declaraciones y afirmaciones?

¿Cómo es el diálogo interno que tienes contigo mismo?

Émile Coué nos dejó una afirmación que quedó grabada en piedra para quienes comprendemos el poder de lo que nos decimos a diario:

“Cada día, y en todos los sentidos, estoy mejor y mejor.”


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Y estate atento a nuestro sitio, porque en la segunda parte compartiré:

Ejercicios prácticos para disciplinar la palabra y dominar el arte de crear desde la conciencia.

Depurando nuestro ecosistema emocional

Parte del auto constructo de nuestro ser y de la identidad que nos define está basado en nuestra naturaleza gregaria. Nos nutrimos de nuestros vínculos y relaciones; forman parte de nuestro eslabón evolutivo. Sin embargo, como en todos los aspectos de nuestra construcción social, muchos de esos vínculos están minados de vicios o distorsiones propias de la naturaleza humana.

Los vínculos funcionan con diferentes estímulos internos y externos: emociones, deseos propios o de los otros, dinámicas que pueden generar alegrías o tristezas, avances o retrocesos.

La observación de nuestro entorno y de nuestros vínculos más cercanos es fundamental en el proceso de evolucionar hacia nuestra mejor versión.

Una relación sana con otro individuo es aquella constituida por ciertos valores en común, límites claros, emociones y sentimientos que se reconocen mutuamente. Dos individuos emocionalmente sanos se aportan conocimiento, se estimulan y se apoyan, pero no desde la dependencia. Esto puede darse en relaciones de trabajo, amistad o pareja.

Sin embargo, en la sociedad también se constituyen otros vínculos que, en apariencia, parecen sanos. Pero si los observamos en profundidad, presentan ciertas connotaciones psicopáticas o están enquistados en necesidades y dependencias.

Para abordar esta idea, haré una breve lista para que identifiques en ti o en tu círculo más próximo algunos de estos roles que asumimos o que otros nos asignan.

El eterno dador

Lo das todo de ti a otros: tu tiempo, tu energía, tu oído para escuchar problemas. Te llaman porque el timbre no funciona, porque se cortó internet, porque necesitan que lleves o traigas algo.

Generalmente ocurre en contextos con personas que aprecias o en círculos donde ciertas creencias te hacen sentir culpable si no actúas de esa forma.

Pero cuando tú expresas un problema o una necesidad, siempre es minimizado. No tiene importancia, porque lo de otros siempre parece ser más grande o más urgente.

El síndrome de alcancía

En varias etapas de nuestra vida también nos toca ocupar el rol de “cerdito de monedas” de otros. Siempre aparecerán personas en apuros pidiendo ayuda.

A veces es económica, otras veces es para resolver esto o aquello. Cuando ocurre en un círculo cercano es fácil acceder.

Lo difícil es salir de ese rol.

Es importante identificarlo, porque muchas veces terminas prestando dinero a desconocidos o entregando tu energía a personas dispuestas únicamente a drenarte hasta la última gota.

El psicólogo 24/7

No importa la hora. Si son las tres de la mañana, te llaman para llorarte durante una hora sus problemas como si fueran lo más grave del mundo.

Pero no lo son.

Tal vez solo se les quemó la heladera o se pelearon con la pareja.

Sin embargo, si un día eres tú quien necesita hablar, o estás pasando un mal momento, curiosamente siempre están ocupados o no tienen tiempo.

El complejo del héroe

Conocernos es importante, porque de lo contrario podemos terminar creyéndonos el personaje de capa y superpoderes que va por la vida arreglando los problemas de los demás mientras su propia vida es un caos.

Parte del proceso de expandir la conciencia es aprender —como dicen los mexicanos— a mandar a la chingada a quienes solo vienen dispuestos a tomar, pero nunca a contribuir.

Habrás escuchado mil veces la frase: “si necesitas algo, a la orden”. Muy uruguaya esa afirmación.

Pero cuando la ayuda es realmente solicitada, aparecen excusas dignas de antología: el cumpleaños del perro salchicha, una salida a montar en burro por los cerros, o cualquier otra distracción conveniente.

Mientras tanto, tú, con cara de oveja apaleada, dices: “entiendo, que lo disfrutes”.

Un apreciado amigo siempre decía:
“Para comer un asado está cualquiera”.

Y es una gran verdad.

Cuando la fiesta está servida, todos te abrazan y te lisonjean. Pero cuando “las papas queman”, pocos serán un puntal que realmente te sostenga.

Aprender a soltar vínculos no es solo madurar; es también depurar tu ecosistema emocional.

La forma más sana de construir relaciones es respetarte a ti mismo, priorizar tus necesidades y compartir tu tiempo y energía con quienes realmente lo merecen.

Muchas veces la maestría consiste en resistir ciertas situaciones.

Pero otras veces, la verdadera evolución aparece cuando aprendemos a cortar aquello que nos drena.