Historias que nos construyen

Historias que nos construyen

Todos somos un poco filósofos. No importa cuál sea tu «palo»; tal vez tu camino esté en las ciencias con algún doctorado o sirviendo copas en un bar, pero puedo asegurarte que, si te atreves a entrever entre las líneas de tu propia vida, encontrarás alguna de esas historias que hacen un contraste brutal con lo cotidiano.

En una actualidad que tiende a desconectarnos por el exceso de información y el ruido del mundo digital, vivimos pegados a pantallas con luces que nos distorsionan la percepción, rodeados por sonidos de notificaciones y parlantes electrónicos. La vorágine del entorno pareciera tener la clara intención de alejarnos de esa parte tan rica y constructiva de nuestra existencia, a la cual solo se puede acceder desde la conciencia y la integración del ser en todas sus aristas.

Hoy reflexionaba sobre cómo la percepción cambia radicalmente dependiendo del nivel de conciencia en el que estemos parados. Como hombre de campo que fui en mi juventud, me vi rodeado de personas que me mostraron el valor del trabajo rural. Ellos me enseñaron a amar la labor realizada con las manos, a trabajar la tierra, a saber disfrutar el fruto y a conocer a los animales con todas sus mañas.

Entre todos ellos, hoy recordé con mucho afecto a Don Saturnino López, un viejo amigo de la familia; muy viejo, pero sabio en las cosas del campo. Él era gran amigo de mi abuelo Don Victoriano y también de otro paisano de la época, Don José Tuñón, a quien todos llamábamos «El Gallego». Entre esas charlas me crié: entre sus narrativas, la tierra, las vacas y las vides.

Hoy rescaté una historia de la juventud de Saturnino. En sus años mozos, él y su familia vivían bien campo adentro. Y aunque la anécdota no me fue narrada por él en persona, en la familia siempre se contó que una vez, mientras sus hermanas estaban deschalando en el patio, apareció por el camino de tierra una de las primeras cachilas que andaban por aquellos pagos —una Ford T de esas que ahora vemos únicamente en los desfiles como reliquias—.

Parece que las hermanas de Saturnino se dieron tal susto al ver ese artilugio ruidoso que se movía por sí solo, sin un caballo o un buey que lo remolcara, que salieron corriendo a esconderse aterrorizadas. Vaya a saber uno qué pensaron en ese momento: si era algo mágico o directamente demoníaco.

Esta reflexión me venía a la cabeza mientras elaboraba una idea sobre el conocimiento inherente que cada uno de nosotros posee, pero que muchas veces desconoce. Contrastaba esta vivencia con el mismo concepto de «lo mágico» que debieron experimentar los habitantes de las tribus nativas la primera vez que vieron aparecer las carabelas en el horizonte.

La conclusión a la que llegué fue casi una epifanía —seguro no mía, porque miles de seres humanos ya la habrán tenido antes—, pero es que los seres humanos tendemos a poner en el casillero de lo «mágico» a todo aquello que nos resulta desconocido. Sin embargo, a mí no me terminaba de cerrar esa definición. Mi reflexión iba más por el lado de la certeza interior: esa convicción firme y constante de que vivimos en un universo de infinitas posibilidades aún inexploradas.

Mi aproximación a la Cábala y a las leyes de la Sintergia me ha aclarado un poco más el panorama, brindándome un marco de referencia brutal: solo podemos procesar la luz de acuerdo a la capacidad de la vasija que hayamos construido. Comprender esto es fundamental, ya que significa que podés tener en tus manos el libro del conocimiento absoluto, pero solo lo podrás leer si estás realmente listo para hacerlo.

Por lo tanto, muchos acontecimientos de nuestro día a día rayan en lo mágico, no porque lo sean, sino porque no estamos listos todavía para darles una explicación filosófica, científica o técnica. Con esto no pretendo ser un racionalista extremo; al contrario, interpreto el conocimiento de lo oculto como una luz que trae la sabiduría exacta que necesitamos para despertar.

Hay conocimiento que se vela a sí mismo por la propia naturaleza de su potencial, ya que no encuentra un contenedor disponible que sea capaz de soportarlo. En muchas capas, la humanidad es todavía joven e inocente; somos como un niño jugando con fósforos adentro de un galpón lleno de fardos de alfalfa.

La filosofía de conocernos a nosotros mismos, de entender nuestras bases y extraer de allí una enseñanza práctica para fortalecernos en lo cotidiano, es la herramienta que nos vuelve verdaderamente estoicos. Y no digo esto como una distinción que nos separe de los demás o nos haga sentir superiores, sino como un puente que nos acerca a nuestra propia esencia para brindarnos a los demás desde la conciencia, y no desde las diferencias.

El dogma está instalado en todas partes, aunque se disfrace de espiritualidad, de ciencia, de cultura o de ideología. El pensamiento en bloque estanca al ser humano y le impide crecer; le quita la capacidad individual de construirse dentro de una sociedad y de brindarse a los demás de forma auténtica y natural. Esto se observa mucho en la política y en la cultura de masas: una persona dentro de un grupo puede —y debe— pensar diferente, pero por mandato de su comunidad termina adoptando un pensamiento homogéneo y estructurado, violentando con ello su propia ética y su capacidad de discernimiento.

Pareciera que el pensamiento del individuo tiene que ser necesariamente colectivo. Pero si esto fuera así para todos, ¿dónde quedaría el sentido de la filosofía y de los pensadores? La belleza de la existencia está en la diversidad y en las diferencias. Imagínate que al gobernante de turno se le ocurriera dictaminar que solo se pueden plantar dalias, que en todo el país solo se puede comer maíz, o que solo pueden viajar aquellos ciudadanos que tengan dos hijas mujeres. Estas ideas que suenan distópicas no distan tanto de la realidad de algunas sociedades actuales, donde, bajo el ala del dogma institucionalizado, ocurren este tipo de barbaridades encubiertas de cultura o costumbres.

Vuelvo al centro de la reflexión: aquello que nos parece mágico o que nos asombra lejos está de ser un milagro fuera de las leyes. Los avances, tanto desde la ciencia como desde la espiritualidad, deben llevar necesariamente al ser humano a ser libre del dogma y de la imposición. De lo contrario, un grupo muy reducido de personas poseedoras de ese conocimiento será quien gobierne y manipule a la masa adormecida.

¿Por qué las preguntas nos construyen? Porque una pregunta es generativa: genera espacios nuevos en el cerebro y nos ayuda a abordar nuestro pensamiento desde diferentes escalas. ¿Te imaginás si alguien hubiese preparado a las hermanas de Saturnino antes de que vieran aparecer la cachila con preguntas como: «¿Crees que exista la posibilidad de un carro que funcione solo, sin ningún animal que lo tire?» o «¿Qué sentirías al verlo?»? El impacto hubiera sido totalmente diferente.

Por eso, ahora te propongo a ti que mires los puntos ciegos de tu propia vida —en tu trabajo, en tus finanzas, en tus relaciones— y diseñes tus propias preguntas generativas.

¿Dónde hay un dogma estéril gobernando tu forma de pensar?

Mauricio Serrato

Marco de referencia: Para la estructura de este ensayo y la comprensión profunda de los conceptos de «la vasija» y «la distorsión de la percepción», el autor se apoya en las enseñanzas de Cábala del Prof. Dr. Mario Saban y en la Teoría Sintérgica del neurofisiólogo Jacobo Grinberg-Zylberbaum.

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Sobre el autor

M.Serrato administrator

Coach Ontológico Profesional, Miembro Fundador de la ACOP, Master Trainer en Programación Neurolingüística, Facilitador de procesos de Cambio Con EFT y Tapping, De-Codificador Biológico Profesional .